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El baldón de la memoria

En el caso de Trump es asombrosa y notable la rapidez con que se han dado su desprecio y vituperio.


Había en la antigua Roma una práctica implacable para juzgar y castigar a quienes deshonraban con sus actos a la familia, a los dioses, a la sociedad: era la ‘abolición del nombre’, la supresión de todo rastro y recuerdo de aquel que hubiera infamado, con su presencia y su depravación, a los demás. En 1689 Christoph Schreiter habló de la “condena de la memoria”: su extirpación y destierro, su muerte en la hoguera.


En el caso de los emperadores romanos el destino implicaba, casi siempre, la deificación, la apoteosis, su consagración triunfal como dioses. El reverso de esa moneda era el repudio y el olvido: arrancar de todas partes la imagen y la evocación de aquel que hubiera sido indigno, una desgracia para la república. En las estatuas, en las obras públicas, en los templos, en la vida, en todo lugar quedaba abolido ese nombre maldito.


Pero no solo en la antigua Roma se dio la ‘condena de la memoria’ sino en todas las culturas y las épocas, por supuesto en la nuestra. Ese es un procedimiento muy común y desesperado, y por lo general inútil, para controlar la historia y su relato, los caprichos de la eternidad. Por eso los regímenes totalitarios lo han usado tanto, con la idea siempre de garantizar que su versión oficial de los hechos sea la que sobreviva y perdure.


Un caso emblemático y perverso de la ‘condena de la memoria’ es el de las purgas estalinistas en la Unión Soviética, en las que no solo fueron eliminados los enemigos políticos del líder, sino también su recuerdo y su nombre, su presencia en la historia de la revolución y el leninismo. “Si no está, no estuvo”, decían los áulicos del régimen mientras iban borrando de las fotos a los héroes de la víspera. A veces, por error, quedaban sus zapatos.


O sea que no es nuevo, para nada, eso de borrar la historia y a sus protagonistas y actores cuando ya no convienen; suprimirlos de ella, cauterizarlos. Pero el caso de Donald Trump sí es asombroso y notable, sobre todo por la rapidez con que se han dado su desprecio y vituperio, como si su nombre y su legado fueran un lastre tóxico, contaminado, repugnante. Y sí, pero es un espectáculo de cinismo como de Shakespeare.


El abyecto Partido Republicano, y nunca más abyecto que con Trump, que lo acabó, ahora ya empieza a desprenderse de él, lo abandona como dicen que las ratas huyen del naufragio, aunque durante cuatro años se lucró de su presidencia y le sacó lo que más pudo. Muchos republicanos saben, eso sí, que el delirio trumpista es ya más fuerte que el partido, y nadie que quiera el poder allí podrá obtenerlo sin esa turba.


Ya se verá, sin duda, pero mientras tanto los republicanos, varios de ellos, le clavan el puñal por la espalda a Donald Trump. También lo han hecho las llamadas ‘redes sociales’, que se sirvieron de él –y él de ellas, obvio– con voracidad parasitaria y ahora lo sacan a escobazos como si fuera la peste. Increíble: él que la negó y la subestimó casi de manera criminal, ahora es su encarnación y su símbolo, porque nadie lo quiere cerca.


Nadie: ni las empresas que antes hacían negocios con él, ni sus agitadores en la prensa, ni sus ideólogos, ni sus viejos socios ni sus amigos de juerga: nadie. Hay que ver qué dice Melania, pero ya hasta Macaulay Culkin, protagonista de la película Mi pobre angelito II, en la que Trump sale en una escena, pidió que lo borren y que sea remplazado por un holograma. La ‘condena de la memoria’: si no está, no estuvo.


El problema es que sí estuvo, sí está. Y ese episodio vergonzoso y grotesco en la historia de esa sociedad, porque lo es, no se cura negándolo, haciendo de cuenta que nunca ocurrió.


Es al revés: para que no se repita hay que recordarlo. La memoria también es una advertencia.

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