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El Ășltimo de la fila

  • Juan Esteban ConstaĂ­n
  • 11 mar 2021
  • 3 Min. de lectura

Conmueve la mĂ­stica de esos muchachos que quieren ser toreros, su devociĂłn y respeto por su maestro.


Casi todas las semanas voy al parque Nacional de BogotĂĄ a jugar tenis; a tratar de jugar, mĂĄs bien, a aprender. Y aprovecho esta ocasiĂłn, como en canciĂłn vallenata, me dan ganas hasta de abrir los brazos, para saludar al profe Elkin y a toda la liga de la capital: a Steven, a SebastiĂĄn, a Jefferson, a los muchachos. Durante los momentos mĂĄs duros de la cuarentena sufrimos mucho con esas canchas cerradas, hoy por fin abiertas.


En general la fauna del parque es rica y variada: siempre hay unos viejitos marchando, felices, sin saber muy bien hacia dĂłnde; hay tambiĂ©n, claro, unos perros que pasean a unos señores, a veces de uno en uno y a veces en manada; estĂĄn los que boxean, otros que hacen teatro, otros que caminan y otros que trotan, estos Ășltimos con la cara proverbial de angustia y sufrimiento que ha implicado toda la vida dicha actividad.


Yo, después de jugar, suelo quedarme embelesado por un rato viendo una escena surreal, la de los aprendices de torero que entrenan y practican en una de las canchas de båsquet. Son tres o cuatro estudiantes y un maestro, vestido siempre de negro, camisa blanca, el pelo todo peinado hacia atrås. Usan capote de brega y una carreta con cuernos y cara de toro que es la que embiste y ellos la lidian.


Me conmueven su mĂ­stica, su devociĂłn por ese oficio y esa profesiĂłn y su respeto por el maestro, que los instruye con firmeza y con cariño. “¡Ole!”, dice a veces, emocionado por algĂșn pase. Pero lo mĂĄs impresionante es el contraste entre esa escena y las demĂĄs; es allĂ­ donde estĂĄ el surrealismo, en esos matadores en ciernes que tratan de serlo en medio de un mundo tan distinto que estĂĄ por completo en otra cosa.


Y no me interesa, para nada, invocar aquĂ­ el debate moral y polĂ­tico sobre las corridas de toros, entre otras cosas porque estoy mĂĄs o menos de acuerdo con las dos partes: entiendo a los taurĂłfilos y todo lo sagrado y estĂ©tico y trascendental que ellos ven y viven en la tauromaquia, pero tambiĂ©n entiendo a quienes repudian eso en nombre de una idea distinta y acaso mejor –no lo sé– de la civilizaciĂłn y la compasiĂłn.


Lo que sí creo es que la ‘fiesta brava’ está condenada sin remedio a desaparecer; tarde o temprano, y cada vez más lo segundo que lo primero, ese mundo dejará de tener cabida en el de hoy. A mí no me importa, la verdad, me parece que hay discusiones más importantes que esa, pero es mi opinión. Lo que sí me intriga y enternece mucho, cada vez que la veo, es esa imagen de esos muchachos que quieren ser toreros.


Tiene que ser una vocación muy fuerte esa, una vocación religiosa. Y se les ve en la cara. Pero ademås se les ve esa poesía que destilan siempre los que se dedican a oficios y artes antiguos y hoy condenados a desaparecer; como si esa certeza, porque lo es, tiene que serlo, les diera mås fuerza, una especie de razón definitiva para dedicarse a eso y no a otra cosa. Si uno es aprendiz de torero en esta época es porque es torero, así nació.


“¿QuĂ© sientes ante esa fiera?”, le preguntĂł una vez don Marcelino, el erudito enano de su corte, a Luis Miguel DominguĂ­n, que le respondiĂł: “Es que la fiera soy yo”. Y sin duda lo era: un hĂ©roe con la capa hacia adelante, como lo definiĂł un dĂ­a su hijo, Miguel BosĂ©, el hijo del CapitĂĄn Trueno. Eran otros tiempos, claro, y los toreros eran tan famosos como los futbolistas de ahora o los gladiadores mĂĄs cĂ©lebres en la antigua Roma.


A estos del parque Nacional yo los veo maravillado y triste, como si asistiera al fulgor postrero de un viejĂ­simo ritual: una iniciaciĂłn de siglos que se estĂĄ muriendo, y habrĂĄ quien lo celebre, pero cuyos Ășltimos oficiantes creen ser los primeros o no les importa.


“Ole”, dice otra vez el maestro, orgulloso. Luego recoge sus cosas y se va.


Juan Esteban ConstaĂ­n

www.juanestebanconstain.com

 
 
 

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